El último momento

–¡Ya estás aquí! Pasa, te estábamos esperando.

Los pasos de la anciana apenas rozaban el suelo. Se deslizaba sobre las baldosas, arrastrando tras de sí los bajos de un vestido negro que dejaban un rastro de polvo a su paso. Cruzó por delante del respirador artificial y, con su figura, ocultó la imagen del monitor que mostraba el débil sonido del corazón del pequeño. Se acercó al él y comenzó a acariciarle el cabello con una delicadeza llena de ternura, susurrándole unas palabras que, por su ritmo, interpretó como una canción.

–¿Va a dolerle?

La criatura levantó la cabeza y miró a la mujer a la cara. La señora hundida por el cansancio pudo ver por primera vez el rostro de la parca y notó como un fuerte escalofrío le recorría por toda la espalda hasta extenderse por sus brazos. Era tan anciana como había leído en los libros que le habían prestado. Su rostro, cubierto de una piel tan fina que le permitía ver su figura, confirmaba la cadavérica imagen a la que rogaba su visita cada una de las noches de los últimos dos años.

–Ninguna madre tendría que pasar por todo esto. No merece esta clase de tortura. Son tan jóvenes, tan llenos de vida. Tienen tanto por delante.

Su rostro se agrietó tratando de derrumbarse de nuevo. Se sentó en el pequeño sofá junto al pequeño y le agarró de la mano. Los ojos completamente enrojecidos se veían secos, incapaces de seguir el ritmo de las emociones reprimidas durante ya demasiado tiempo. Tumbó su cabeza frente al pequeño y lo abrazó con las pocas fuerzas que aun mantenía. Sus labios besaban una y otra vez la frente de su hijo y no pudo reprimir el deseo de susurrarle al oído varias palabras.

Miró de nuevo a la anciana y, por un momento, dudó.

–No te lo lleves. Espera un poco, un día, unas horas más. Quítame a mí algunos años si quieres, pero déjamelo una hora más. Por favor, ¡te lo pido por favor!– El rostro de La Parca mostraba una mueca vacía, indescifrable y triste–Vete, por favor, vete. Por favor…

La cadavérica anciana escondió sus brazos bajo su ropaje y emprendió su camino de regreso. Pronto, el silencio se apoderó de nuevo del ambiente de la habitación dejando tras de sí el golpeteo de un monitor que mostraba la debilidad de un corazón enfermo, mientras el pecho del joven continuaba llenándose con las embestidas de un respirador.

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