Las piedras

Lanzábamos piedras al mar y sonreías. Yo, a tu lado, me moría de envidia por poder sentir tus emociones. Tu mirada, tus gritos y tus saltos. ¡Tu vida! Pero mi cabeza se negaba a lanzarse por ti y cada vez que cogía uno de aquellos cantos me venía el recuerdo de una roca de Lanzarote que me regalaron cuando tú no estabas.

Mis pensamientos no quieren abrazarte a ti. Por eso cada noche ahogo mi llanto en todo tipo de licores y aguardiente. Sé que me miento, como también sé que soy un cobarde y más lo he sido por olvidar aquellas piedras. Como un viejo templario que niega su credo al cruzar la mirada con los ojos de una persa, merezco todas mis penas.

Quizás debería buscar algún tipo de consuelo. En otro bar, en otra mujer, en una abadía o con la muerte. Quizás debería leerte estas palabras, dar vuelta atrás y buscar de nuevo esas piedras o gritar en alto a todos que merezco de nuevo sus sonrisas, no las tuyas. O dejarlo pasar y ver lo feliz que eres, pese a mi engaño.

Las olas en el mar continúan luchando y yo hace tiempo que me convertí en náufrago.

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