La bahía

En ocasiones no eres consciente del error que cometes al tomar una decisión. Si tuviera que escoger entre todas mis malas decisiones no sabría decir cual de ellas fue la peor. Aquella elección inició toda esta cruel pesadilla que me rodea. Un segundo sin importancia en el que elijes entre varias opciones sin pararte un segundo a pensar para que, luego, te golpeen todas las consecuencias que no habías previsto. Un accidente absurdo en el momento equivocado. ¿Qué cambiaría de todo aquello? ¿Cuál de las estúpidas decisiones tiene la culpa de todo lo que me está atormentando?  Ahora lo pienso y lo más sencillo hubiese sido tener el cinturón abrochado.  Haber escogido cenar en casa en vez de salir afuera, olvidarme de algunos caprichos innecesarios o terminarme las sobras del almuerzo que guardaba en le nevera.  O también olvidarme de la radio, no cambiar de canción, dejar la mente en blanco…¡que más da! En estas circunstancias ya nada importa.

Tengo claro que la cima de mis estupideces se localiza en el momento en que acepte la Renovación, esa idílica forma de regenerar partes del cuerpo perdidas. El contrato que me dieron era muy claro al respecto. Regeneración celular a través de transfusiones puntuales de compuestos de origen animal. Firma aquí, firma allá y abona el importe de la cuenta. ¡Qué estúpido! ¿Por que no me dio por perder dos minutos, dos míseros minutos en leer las posibles complicaciones que podían surgir en aquella sencilla intervención. A estas alturas sabía que no iba a ser el conejillo experimental de nadie. La tecnología había avanzado mucho en las últimas décadas y la conversión total era parte cotidiana en este siglo que vivimos. Pero no dejo de pensar en que el precio, el verdadero coste, fue demasiado elevado. Al menos para mí.

El procedimiento era sencillo. Introducías un catéter a través de la cuarta vértebra dorsal para drenar una gran cantidad de líquido cefalorraquideo.  Esa era la parte del proceso más delicada al paralizar por completo las funciones motoras del receptor. Los científicos habían descubierto el factor R que reducía al mínimo exponente todos los posibles rechazos que intentaría el cuerpo,  haciendo de la técnica algo tan rutinario como un recambio de las válvulas cardiacas o un trasplante de pulmón. Al fin y al cabo no dejaba de ser algo similar. Por un catéter drenabas los fluidos y a través de una pequeña perforación en los ventrículos cerebrales introducías el gel viscoso que facilitaba la regeneración. Luego, el resto de los detalles. Sustituir el flujo sanguíneo a través del un dializador y regenerarlo con la solución procesada de reptil para que la intervención culminara con éxito.

De hecho todo parecía ir bien. A los tres días del la renovación los antiguos muñones comenzaban a presentar una coloración mucho mas sonrosada y emergían de ellos un calor significativo pese a la inflamación. A las pocas semanas estos comenzaban a agrietarse y, casi sin darte cuenta, surgían los pequeños hilos concéntricos que evolucionaban hacia las nuevas extremidades. Un proceso indoloro que en unos cuatro meses dio como resultado la nueva extremidad preparada para su uso. Así fue como nos lo habían explicado. Y eso, por supuesto, captó toda nuestra atención. Al fin y al cabo era eso lo que necesitábamos más que nada en nuestras vidas, aquello por lo que decidimos invertir nuestros ahorros de los últimos años. Unas nuevas piernas para nuestra pequeña Diana.

Pero esa cosa que teníamos delante no podía ser Diana. No nuestra Diana. La pequeña que conocíamos era pura energía personificada. No había respiro para sus juegos y su vitalidad. Ella era un torbellino de alegría contagiosa con la capacidad de hacernos volar bajo sus alas y ahora, después de la Regeneración, sus carreras y gritos habían desaparecido. Ya no pasaba tardes enteras preparando sus bailes infantiles en los que emulaba a no se que cantante famosa. Esa no podía ser Diana. Me niego a creerlo. El ser que tenia sentado frente a mi apenas se movía y cuando lo hacía era para buscar un poco de calor. La veíamos en la terraza horas y horas, intacta. Ausente. Ya no respondía a mis besos. Además ya no me apetecía dárselos desde aquella vez que apartó su mejilla en busca de algo más de sol. Ese desprecio llevó a la desesperación a mi querida esposa, esté donde esté ahora. Ahora sólo me queda Diana y todos esos abrazos vacíos en los que me fundo con su cuerpo. Aunque trate de generar en ella algún tipo de recuerdo no me puedo engañar. Sé que sólo disfruta de mi por el calor que le transmito. Aun así, no puedo dejar de intentarlo.

Ahora sólo me queda una alternativa y sé que el lamento me ira acompañando por siempre, como una herida punzante que me escocerá el resto de mi vida. La dejaré en La Bahía. El lugar que tanta repulsa generaba en mí cuando veía aquellos cuerpos inertes tumbados al sol. Un auténtico cementerio viviente. ¡Qué distinto me parecen ahora el debate sobre la idoneidad de crear un lugar así cerca de nuestros hogares! Ahora comprendo a aquellos que preferían mirar hacia otro lado. Y hasta a los que preferían pegarles fuego o tapiar La Bahía con un muro que les sirviera como antifaz a la realidad. Pero yo, como tantos, escogeré pasar por aquí cada tarde y esperar por alguna mejora en la pesadilla de toda esa generación perdida. No sé si es pura ingenuidad o simples remordimientos. Voy a dejar a Diana en este lugar  ¿Será un acto de amor por mi parte o toda una crueldad? Quizás solo sea puro egoísmo, pero no quiero seguir sufriendo. Lo he decidido y ahora he encontrado el valor para hacerlo.

Mi hija ahora es un cuerpo sin luz en busca de calor.

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