Lo correcto

Si por algo conocemos a Braulio Jiménez es por su reconocida facilidad para caerle bien a todo el mundo. Tiene eso que todos llaman «don de gentes», con una sonrisa enorme y tentadora que hace que los que se pasean a su alrededor se paren a contemplar sus preciosos dientes blanquísimos. Siempre con sus «porfavores» y sus «gracias» como acompañantes, una galantería de las que se creía olvidada y un tremendo arte para combinar su sombrero con las más extrañas corbatas.

Y, sin embargo, no le soporto.

Es que todo en él es la viva imagen de lo que mi madre quería que yo fuera. Y salí como salí. Una persona con mis cosas pero integra salvo por esta descarada envidia que siento por Braulio Jiménez. «Es que no puedo con él». Si tuviera un poquito de valor me acercaría ahora mismo a gritarle todas las cosas que opino de él. Que es un cínico embustero, que en verdad la gente le desprecia tanto como yo o que esa mierda de corbata la vi la semana pasada por Ali Express. Pero no dispongo de esa habilidad.

Me jode porque esto hará que tenga que aceptar su caipiriña, la tercera que me trae ya, y aguantar su discursito preconcebido de lo bien que se está en esta tumbona. «Bien seria si no me hubieras escogido en la empresa o que me hubiera tocado el viaje con Marta o con Juliana». Pero buen…

—Muchas gracias, hombre, no te hubieras molestado.

Será imbecil. ¡Qué asco de gente!

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