Objetos inertes

Tengo la extraña capacidad de poder hablar con objetos inertes. Siempre que quiera, claro, que si no sería un tormento. Con esa habilidad he mantenido largas charlas con los sillones de muchas casas, que son muy sufridos, o con semáforos, cajeros automáticos e incluso con más de una pared. No es que sean conversaciones trascendentales ni nada que se le parezca. La mayoría de las veces son quejas o similares en las que ellos me piden que los mueva un poco, los rasque según que zona o me explican el mejor modo de usarlos sin que se sientan meros objetos. De ese modo, una vez me contó un ascensor que dejara de pulsar el botón contrario a la dirección a la que quería ir o el asiento de una sala de cine me insultó por darle demasiadas patadas. Todos y cada uno de ellos te hablan si estás dispuesto a escucharlos.

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1hablarsolo
Fuente: Yorokobu

Supongo que todo empezó estando en la cama un día de esos en los que los problemas me embriagaban y me sentía hundido. A más de uno le habrá pasado eso de ponerse a hablar con la almohada para contarle sus problemas y, la verdad, funciona. Me dio algunos consejos, los aproveché y a la noche siguiente quise agradecérselo. Ese día descubrí, para mi sorpresa, que aquella funda rellena de espuma me devolvió un «de nada» totalmente inesperado. A partir entonces, seguí aprovechando esa extraña habilidad para sacar beneficios en mi día a día y, por decirlo de algún modo, estoy contento.

En ocasiones todo se vuelve confuso, como los días de lluvia en los que el bullicio termina por agotarme. Esos días los dedico ir a conciertos, teatros o a cualquier actividad que requiera una mínima atención. Quiero pensar que ellos se dan cuenta del mal humor que me producen sus cuchicheos porque tras esos espectáculos mantienen silencio durante horas. La normalidad vuelve por las noches cuando regreso a la cama y busco de nuevo el calor de mi almohada. En esos momentos me pregunta si estoy bien y luego ya me duermo.

Las personas que me rodean toleran mis excentricidades y me consideran como ese amigo raro que sonríe sin motivo. Salgo poco con ellos y lo habitual es quedar en casa para tomar un poco de café o jugar unas partidas a las cartas. Sé que ellos me etiquetan de loco, pero la duda la tienen. Sobre todo cuando ven cómo soy capaz de vencerlos en todos los juegos que me proponen o cuando les recomiendo la mejor manera de tratar sus dolores de espalda. En cambio, al salir a la calle, he dejado de hablar en alto y sólo me río cuando es completamente inevitable. ¿Quién no lo haría cuando escuchas a las esquinas quejarse de sus problemas con los perros?.
Así que si algún día ves a un chico alto saludando a veinte sacos de escombros en un basurero no te rías de él. Acerca el oído, presta atención y prueba a escuchar.

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