La visita

Recuerdo que la primera de las veces que se me presentó el fantasma de mi abuela no le hice mucho caso. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para prestarle interés a aquel espectro quejica y malhumorado que me llamaba a aquellas horas. Apareció una tarde, después de darme una ducha de agua caliente, justo cuando estaba ya sentado en el sillón dispuesto a leer un poco. Allí estaba ella pidiendo atención mientras yo seguía dispuesto a continuar con la novela. No me apetecían interrupciones y menos de un fantasma. Además, podía haber sido cualquier otro espectro, que vete a saber qué formas adopta uno cuando muere. Quien tenía delante no parecía muy especial. Arrugada, pelo blanco y gesto adusto.
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Puñetas, hazme caso.– me dijo y, francamente, captó mi atención. Porque otra cosa no, pero mi abuela era mucho de decir eso de puñetas. Bastaba con elevar el tono de voz y decir esa palabra, que a saber de donde venía, para conseguir en mi familia una dosis de firmeza y cautela en la que todo lo demás quedaba en un segundo plano. Así que aparté el libro y me quedé inmóvil viendo su figura.
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Photo by Mr Moss on Foter.com / CC BY

–¡Qué flaco estás!, ¿te preparo algo?–me sirvió como confirmación y prueba de que ante mí se presentaba nada más y nada menos que uno de mis ancestros reclamando vete tú a saber qué. Yo le dije que me encontraba bien, un poco triste y cansado pero por cosas que ella no sabía. –Eso son tonterías–, respondió y yo callé porque no solía discutir mucho con mi abuela y porque, con la misma, el más allá tampoco está tan lejos del más acá y ella tendría constancia de todos mis últimos problemas. Me di cuenta entonces que ella apenas había cambiado más allá de que los ojos los tenía mucho más oscuros que cuando estaba en cuerpo presente y que poseía una especie de luminiscencia extraña que acongojaba un poco. Yo en cambio estaba más gordo, más calvo y más viejo y ya no creía en fantasmas a pesar de que continuaba encendiendo las luces cada vez que me levantaba para ir al servicio.

¡Qué bien te veo!–traté de decirle–¿Qué tal por la otra vida?–Tienen que entender que no me resultaba fácil hablar con ella en esas circunstancias y que no sabía muy bien que preguntarle. –¿Te encontraste con el abuelo?– Ella en aquel momento no respondió nada, pero imagino que sí porque me pareció verla sonreír. Se limitó a flotar un poco alrededor mío sin cambiar su gesto. Hubo un momento en que me pareció sentir que me estaba tocando. Aunque no sé si fue del todo real ya que a través de la ventana se colaba un poco de aire y pude haberlo confundido. Ella miró a los muebles, los libros y la ropa que tenía colocada encima de la silla. A continuación pasó uno tras otro por los portarretratos que tenía en la habitación y volvió a donde me encontraba con el mismo gesto serio que siempre mantuvo en vida. Al pasar por delante del armario, una de las puertas se abrió y al suelo cayó una rebeca que tenía guardada. Luego se acercó de nuevo para encararme y desapareció del mismo modo del que vino, dejándome allí extrañado ante los acontecimientos fantasmales. Me puse el abrigo y continué con mi lectura.

Tiempo después regresó en circunstancias semejantes. Mismo gesto, misma luminiscencia, misma parquedad en sus palabras. Venía y se paseaba frente a mi y, en cierto modo me hacía compañía. Jugábamos a las cartas o al bingo sin que mediara mayor conversación entre nosotros. Yo trataba de seguir con mis asuntos y a veces no le hacía mucho caso, pero ella se las apañaba siempre para que le prestara un poco de atención. Recuerdo una de sus visitas que me hizo en las que yo estaba especialmente enfadado tras una pelea de trabajo. Mi abuela se presentó ante mí y al no hacerle caso chascó los dedos llenando la habitación de un olor que, sin lugar a ninguna duda, era el de las tortitas de carnaval. Ese día me dio por llorar y pasé toda la tarde envuelto entre las sábanas.
Tras eso estuvo un tiempo sin aparecer. Meses después volvió a pasear su presencia alguna que otra vez, pero en esas ocasiones se limitaba más a estar sentada en la silla mirándome sin decir nada, como si estuviera realmente enfadada conmigo. Tuve incluso que cepillarle el pelo para que me devolviera la palabra, a pesar de que por mucho que lo intenté nunca conseguí sentir de nuevo su piel como en aquellos años en los que era uno de los vivos. Al menos después de eso volvió a acompañarme durante un tiempo hasta que de repente, sin más, dejó de aparecer.
Hoy en día, poca cosa ha cambiado. Hablo más bien poco y cuando me enfado suelo utilizar expresiones coloquiales para dar por terminado el asunto. He aprendido al fin a hacer la receta de las tortitas de carnaval y más de una tarde me he visto en la cocina machacando granos de anís mientras inundo la casa de aromas. Las tardes las sigo aprovechando para sentarme bajo la ventana a leer un poco en mis tiempos libres. Aunque ahora, suelo ponerme siempre una rebeca.

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